Cobarde.
Es mi nombre de pila. El miedo me paraliza, me aterroriza, me retiene. No puedo impulsarme hacia adelante. No puedo impulsarme hacia ningún lado.
Podría rebelarme ¿verdad?
Podría huir de casa, dejar de sufrir y de ser maltratada, podría ser libre, correr en una moto a 120 km por hora en una carretera mientras sonrío y el viento agita mis cabellos.
Podría salir, volver a las tantas de la madrugada, podría emborracharme. Dejaría de ser una prisionera que vive su confinamiento encerrada en su habitación con la única compañía de un ordenador.
Todo eso podría hacerlo.
Pero, ¿que me retiene?
El miedo a ser encontrada por mis carceleros. El miedo a ser asesinada por el dolor.
Pero, ¿llegará un día en el que deje de ser una cobarde?
Yo creo que si, solo estoy acumulando mierda en mi subconsciente para poder amenazarles y que se den cuenta que, la dulce chica a la que han criado, maltratado y menospreciado, se ha convertido en un águila con odio y dolor en sus entrañas, incapaz de sentir nada más allá del odio y del rencor.
Y en ese momento podré decir bien alto: Me habéis convertido en un monstruo, ahora mirad como os asesino por dentro, carroñeros.