lunes, 27 de abril de 2015

Demons

Y lo miró.
Lo miró detenidamente.
Observó aquella cicatriz que le atravesaba la mejilla derecha, su nariz recta y perfecta.
Miró su barbilla, prominente y sexy.
Su boca, con unos labios carnosos y rosados que invitaban a morder a cualquier chica.
Miró sus orejas. Perfectas.
Pero lo que realmente llamó su atención fueron sus ojos.
De un color avellana tan hermoso como su rostro. Con unas pestañas largas y negras que parecían querer rozar el cielo en algún momento.
Pero sus ojos eran algo más. Y quizás fue demasiado tarde cuando lo comprendió. Demasiado tarde para entender que ya estaba perdida.
Abducida.
Sin control.
Comprendió que aquellos eran un espejo de su propia alma.
Y a través de ellos pudo ver miles y miles de demonios danzando en ellos.
Como un baile terrorífico.
Como una guerra de dolor.
Dependía de ella. Dependía de ella y de nadie más. Dependía de ella vencer sus demonios. No los suyos propios. Los de él.
Dependía de ella sacar a ese rebelde sin causa de sus demonios. O quedarían sumidos los dos en ellos.

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