Se sentó en su viejo sillón de cuero y atrajo hacia su regazo aquel pesado álbum de fotos que guardaba con tanto amor y orgullo.
Volvió a abrirlo como tantas otras veces, acariciando su tapa con anhelo, como si acariciando aquel álbum pudiera acariciarla a ella.
Lo abrió y se detuvo a admirar la primera foto.
Nunca había reconocido lo hermosa que estaba con aquel vestido de flores amarillo que le llegaba justo por encima de la rodilla, con su pelo rizado y salvaje que le daba un cierto parecido a un león. Con sus ojos pardos, que se volvían verdes cuando el sol se reflejaba en ellos.
Pero lo que más le tocaba el corazón de aquella foto, era la sonrisa que poseía. Una sonrisa de oreja a oreja, una sonrisa fresca, como las rosas recién cortadas.
Una lágrima rodó por su mejilla e impacto contra la foto.
Lo cerró de golpe y lo arrojó al suelo furioso consigo mismo.
Reconoció todos sus fallos, todas sus cagadas, todos sus errores. Se había ido para siempre. La había perdido. Ella jamás regresaría.
Y en su profundo pesar, muy adentro, lo reconoció una vez más.
Estaba muerto.
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