Caminaba sin rumbo por un sin fin de calles, tan tétricas como lo estaba su corazón.
No recordaba la última vez que había salido a pasear bajo la noche, con la única iluminación de un par de farolas averiadas que parpadeaban luz cuando les venía en gana y una luna llena que la mayor parte del tiempo se escondía tímida tras unas nubes con forma de lobos y de otros tantos animales feroces. O eso quería creer.
Su cigarrillo ya se había consumido, olvidado entre sus rugosos y viejos dedos de escritor fracasado.
¿Cuando fue la última vez que alguien lo había reconocido por la calle? Se preguntó triste y taciturno.
Las hojas que escribía a menudo a través de su vieja máquina de escribir habían ardido en las peligrosas llamas del olvido.
Todo había cambiado, como cambiaba él cada año que pasaba.
Cada vez más viejo, más pesado, mas dolido, y sobre todo más olvidado.
Recordó los años pasados que había vivido con asombrosa rapidez sin detenerse a pensar un poco más en si mismo.
La última vez que había tenido una idea brillante fue hacia unos quince años, quiso pensar, pero lo cierto es que solo habían pasado unos pocos meses.
Torció la calle y se internó en el cementerio, como había hecho tiempo atrás para poder imaginar tramas, escenas y personajes tétricos y asustadores para poder así escribir aquellas novelas que tanta fama le habían dado.
Sacó del bolsillo interior de su gabardina un pequeño revolver y apuntó el cañón hacía el lateral derecho de su diminuta cabeza, pesada y dolida.
Colocó uno de sus dedos temblorosos sobre el gatillo, y mientras su vista se nublaba a través de sendos lagrimones salados, apretó el gatillo.
Y allí quedó, el cuerpo de un escritor fracasado, hundido en la miseria, el dolor y la desesperación.
Nunca nadie volvió a saber de él, pues su cuerpo nunca fue encontrado. Aun no se sabe quien pudo esconderlo o quien pudo encontrarlo y llevárselo.
Pero lo cierto, es que una figura, con curvas de mujer, completamente vestida de negro, apareció unos segundos después al lado del cuerpo del escritor y posando una mano en el corazón de aquel cuerpo inerte, desaparecieron los dos.
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