No se cuantas veces pasé delante de ella puerta. Siempre tenía alguna excusa para poder encontrarme con aquella casa, ya fuera porque corriendo pasaba por allí o porque era el camino más cercano que tenía desde el instituto a casa, cosa que era mentira, puesto que era el camino más largo. Lo único que se es que aquel enorme caseron me tenía hipnotizada.
Con su color amarillo desgastado, su torreón alto y aquellos hierbajos que prácticamente llegaban hasta las ventanas del primer piso. Era todo en conjunto lo que le daba aquel aspecto fantasmagórico, viejo y hermoso.
Estaba enamorada de aquella casa y aunque solo tenía dieciseis años, sabía que algún día me pertenecería. Me costase lo que me costase.
Lo que no sabía es que aquella casa guardaba un secreto. Un secreto oscuro.
Un secreto que olía a muerte.
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